El Chisme

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*Artículo publicado en Excelsior, el domingo 16 de julio de 1989, en el suplemento “El Búho, página 5.

Decimos que el chisme es habladuría, mentira, rumor o murmuración; puro cuento. Y se considera por eso una práctica totalmente desprestigiada; cosa de mujeres ociosas. Pero Marcela Lagarde –antropóloga- realizó un amplio y cuidadoso estudio sobre el chisme, sus causas y objetivos, sus alcances; a fin de reivindicarlo.

Y llegó a conclusiones dignas de mención.

Fotografía de Miguel Pires Da Rosa - Gossip Girls

Chismear no es otra cosa que intercambiar información, distorsionar la realidad a favor propio y manipular a los demás con secretos personales o ajenos. Para empezar, afirma que el chisme entre mujeres es mágico. Ella cree en la fuerza de la palabra hablada, en su capacidad de corregir lo sucedido y crear una realidad distinta. El Chisme altera el pasado –al ser contado de otra manera- y conjura el futuro al evitar, o propiciar que algo pase. Y si, la confianza femenina en que los hechos pueden ser cambiados a voluntad, no es tan descabellada, dice Marcela.

Al contar los acontecimientos siempre se modifican, aún más si se hace con alguna intención; el relato convierte a la realidad en otra; y otras son sus consecuencias. En el chisme. Los hechos se enriquecen con fantasía; así que, en tanto ejercicio de la imaginación, es una forma de literatura.

Para que viva el chisme, es preciso que la información circule, ese traer y llevar de tal suerte que A…A” = chismear; o comadrear, porque en el pasado (aunque cada vez menos) ellas han tenido como únicas amigas a sus comadres. Se trata de una experiencia emocionante, compartida por todas las mujeres, quienes siempre están dispuestas a saber más unas de las otras –y de los otros- a hablar de sus sentimientos.

Generalmente el chisme femenino gira en torno a los hombres –su objetivo vital- a quienes ama y tiene el poder de sacudir sus vidas. Pero los más cotizados, piensa Marcela, son aquellos sobre otras mujeres, rivales potenciales que pueden quitarles a los hombres, reales o esperados. Y chismean para demostrar que son distintas y mejores, para distanciarse de las otras y ser únicas.

Entre amigas, el chisme es también un espacio de expiación donde se confiesan actos reprobables, vivencias no aceptadas, actos impropios y toda clase de vergüenzas. Como la interlocutora es una igual y gracias a la identificación, este decir ayuda a descargar la culpa y la angustia. La amiga se convierte en cómplice y consuelo.

Los chismes son muy valiosos, además porque abren las puertas de los grupos cerrados; permiten hacer nuevas amistades. Y el criterio de verdad es lo de menos en el chisme. La mentira, entendida como alteración de la realidad, es uno de sus ingredientes básicos. Pero según Marcela, eso no significa que la mujer mienta. Sino que al contar cosas que no ocurrieron, o falsear las ciertas, la intención es que su versión cobre realidad, al menos en el relato. Quiere ser reconocida, existir, ser protagonista; y la palabra hablada –el chisme- es una de las maneras que tiene para intervenir directamente en la vida colectiva.

El chisme surge en todas partes: el mercado o a la salida de la iglesia, la oficina o un velorio, la fiesta, el café o las tiendas al ir de compras; todo depende del estilo de vida y las actividades cotidianas. Puede darse casi con cualquiera. Basta cierta simpatía inicial, para que dos mujeres hablen y chismeen. “Cosas de mujeres”, dicen los hombres, siempre “siempre hablan de pañales, criadas y trapos”; hablan de eso y de otras cosas también. Esas “otras cosas” son las que ellos temen, saben que pueden afectarles. El poder de la palabra femenina es inmenso; y la alianza entre mujeres, porque es ajena al mundo de los hombres, les infunde temor.

Y, sin embargo, afirmar que el chisme es cosa de mujeres es una verdad a medias. También hay hombres chismosos y todos chismean a veces. Pero a lo que ellos hacen, aclara Marcela, se le llama de otro modo: plática, charla, diálogo entre amigos. Ellos igual compiten entre sí –aunque desde el poder- y el chisme les sirve para establecer pactos, dar y recibir solidaridad, estrechar lazos; manipular. “Información es poder”, lo saben bien; y mejor aún si se trata de una semi-secreta. El poder de un hombre aumenta si hace pensar a otro que tiene más información de la que se maneja públicamente.

El objetivo del chisme entre mujeres no es –o no de manera primordial- la adquisición de poder; ellas, insiste Marcela, participan en la vida social desde la soledad de su opresión. La dependencia que padecen del universo masculino las obliga a una competencia feroz con las otras mujeres; en su aislamiento, el chisme les ofrece una de las pocas posibilidades de encuentro con las amigas (y las enemigas).

Sea entre hombres o entre mujeres, el chisme encierra una ética y una moral; contiene una moraleja. Y en consecuencia tiene cualidades coercitivas. Contar algo malo de alguien puede significar el ridículo o el descredito de la víctima. Todos estarán de acuerdo en que urdir un buen chisme, contarlo a la persona indicada y en el momento oportuno, lo convierte en una verdadera arma. Puede causar la desgracia de la persona agredida, o una victoria para el amigo (si lo que se pretende es ayudar a alguien). No solo en el contexto doméstico; también en el político es bien sabido el efecto social de los rumores. Aunque tiempo y hechos se encarguen de desmentirlos, por un rato causan problemas.

Decir de una mujer que es chismosa, la desprestigia; pero todavía es peor decir que un hombre lo es; implica una vaga acusación de homosexualidad, de ser como una mujer: un insulto. No obstante, todo el mundo chismea; no hay quien se rehúse a escuchar información íntima o clandestina. Será porque no todo el chisme es mentira; existe en él un núcleo de verdad sobre el cual se elabora un relato intencionado. En la creencia de su eficacia radica su desprestigio; se le teme al poder que tiene de influir sobre la realidad; y es que resulta difícil descifrar la parte de verdad que encierra. Chismear, concluye Marcela, es todo un arte; al ser su objetivo último la manipulación de los demás.

La verdad que chismear es muy sabroso. Aunque, claro, hay de chismes a chismes. En sí no son ni buenos ni malos; ya lo dijo San Agustí: la intención es el alma del acto humano. Es asunto de cada quien qué cosas dice cuando habla con os otros; cada cual con su conciencia sobre el contenido de sus chismes, los que escucha y los que fabrica. Algunos llegan hasta la calumnia y la difamación; otros simplemente nos acercan a las amigas en ese hablar y hablar; intercambiar opiniones y secretos anula la soledad. De suyo, es inevitable que todo relato de lo acontecido lleve cierta dosis de imaginación; aun el recuerdo de la vida propia, nos lo explicó Freud en la novela familiar de los neuróticos.

Si somos honestos, hemos de reconocer que a todos nos gusta chismear. Ese “a ver, pongámonos al corriente…” es casi un saludo entre amigas, el inicio de mil historias maravillosas. ¿No es cierto?

Patricia Morales.